viernes, 15 de junio de 2012

Fénix traspapelado

Aquella tarde encerrada entre los rosales, escuchaba el sonar de una algarabía, esta aclamaba mi nombre cuan perro enaltecido por la luna, susurraban dialectos extraños llenos de melancolía y desgarro.

Entre neblinas permanecía mi pensamiento, yo me mantenía en la búsqueda embrutecida de una o dos partituras que nunca logré terminar, eran los comunes objetos perdidos que suelen desaparecer, pero no tan angustiante como el odioso secuestro del control remoto.

Aquellos objetos no estaban, de seguro se quedaron olvidados como todas las pérdidas pasadas. Mi mente se encontraba poblada de esquinas, lugares, sillas, huecos, un sinfín de sitios que buscar, pero ninguno útil en este tiempo.
La letanía seguía, y un gran número de notas recorrían mi cara. Levitaban, ellas volaban, con cada aspirar y suspirar inconcluso de mi tedioso oxigenar. Las tenia cerca, las sentía cerca, mas nunca las logre tocar.

¿Por qué se escapaban de mis manos las notas?, ¿por qué se alejaban mis pensamientos?, ¿por qué la vida se había vuelto tan fugaz de pronto?
Tengo tinta sobre mis dedos, pero no sobre mi papel. Me siento perdida en este laberinto como un Watson sin Sherlock. Esta idiotez, esta ciudad por neblina agilizando la herida por nuestra frente siniestra, agravia mi pesadez y me hace querer dejar todo atrás.
¿Pero que hacer? si mal no recuerdo todo lo que dejé atrás, aquellos frutos arcaicos de victorias se habían fugado, se fueron, ya no estaban.

Me encontraba sola, la única habitante de este planeta colosal, mientras explotaba con cada neurona la pregunta fantasma de ¿que hacer ahora, que ya no hay nada? Caminaba, indecisa, pendiente, en búsqueda de otro ser viviente, el zumbido molesto de los mosquitos me perseguía, claro, al parecer solo mi sangre quedaba, de algo se tienen que alimentar esas bestias desgraciadas.

Un instante, un rayo de sol, al menos creo que eso fue, cayó sobre la casa de la señora de la esquina, extraño comportamiento del sol, no creo que un rayo potente haya caído en este planeta, me dije a mi misma mientras continuaba mi camino en búsqueda de algo que me hiciera sentir el cálido abrazo de otro ser igual al de mi especie.
Caminé, busqué, nadé, pero no volé, todos menos el último, inicié una teoría en mi mente de que los seres de mi especie habían sido llevados a los cielos para estar con sus respectivos dioses, rechace de inmediato esa absurda y burda teoría llena de clamores desesperados.

Anduve montañas, ríos, cordilleras, desiertos y más, para llegar a la conclusión de que ciertamente me encontraba sola en este mundo.



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